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Allá, en el otro mundo
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Una enfermedad traicionera se llevó enseguida a nuestro entrañable y querido Pepe. Apenas habían transcurrido dos meses de la marcha de su gran amigo, Emilio. Eran de esas personas buenas, cercanas, de talante sencillo. Quizá su amistad les dio parecido.

La llamada inapelable les abordó paseando el atardecer de la vida. Lo recorrían contemplándolo con mirada serena, mecida al compás de sus pasos sin prisa, para que todos pudieran tomar su mano tendida, recibir una amplia sonrisa, un contagio de confianza, de paz, o un abrazo.

Allá, ¿os habréis encontrado ya Cuando lleguemos, los que no tardaremos, ¿nos volveremos a ver?

Y los nuestros todos, que a la otra orilla habéis arribado, decidme, si podéis: ¿esperándome estaréis?

Si me habéis respondido, no os he oído; pero, en mi interior he escuchado, alto y claro: ¿no es la muerte el más grande engaño? ¿Habría mayor sinsentido y maldad que dar la vida, hacerte capaz de conocer y de amar, ansiando felicidad, para luego reclamarla y destruirte sin más?

En lo más hondo presiento: ¡No!, para vivir he nacido. ¡Vivir es mi destino! Y feliz, sin tasa y sin fin.

Se bien que ahora, así, no puedo. Por eso comprendo, Señor, que necesites purificarme primero para que puedas a hacerme de nuevo. En esa esperanza, aguardando, dormiré el sueño eterno, hasta que me despierte la aurora anunciando el Amanecer definitivo de la Creación Nueva, sin ocaso, ni pesar, ni nada que temer, donde he de renacer. 

En cierta ocasión, me contaba una buena amiga que advertía a sus familiares para que le pidiesen hoy rezar por lo que quisieran alcanzar; porque, cuando estuviese ante Dios, esperaba ser tan inmensamente feliz que temía no acordarse de nadie. Ya le había pasado antes, en situaciones más cercanas y terrenales.  

Alguno se preocupaba porque no podía imaginar ser feliz al otro lado si no encontrase, porque no estuviesen allí, a sus seres queridos y amigos. ¿Responderá a esa inquietud el temor de mi amiga: “no acordarse de nadie”?

No puede alcanzar mente humana lo que Quien “quiere a morir”, y tiene infinito Poder, es capaz de ofrecer. Pero una luz viene en nuestro auxilio. Surge de un monte elevado: el Tabor, donde se Transfigura el Señor. (Es curioso, nunca hay visión sin ascensión. Debes subir, alejarte del valle de lágrimas, para ver). Allí, los tres íntimos de Jesús vieron su rostro resplandeciendo como el sol, y sus vestiduras volviéndose blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Y Pedro le dijo: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! …». (Mt 17,1-9). Una muestra de que en Dios no se diluye la persona, ni se pierde la amistad o el amor. Se perfecciona.

¡Qué bien se está aquí!, decía el poema anónimo de alguien que se encontraba ante El Señor, oculto y humillado hasta el extremo, encerrado en la celda del Sagrario; ¿Por qué no vendré más?

– ¿Me esperas también a mí?

– “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 16-20). 

– ¡¿Semejante empeño aquí para abandonarnos al final, y dejarnos reducidos a la nada allá?!…

Esa discreta lámpara, que nos advierte en el templo de su Presencia, nos invita a atenuar luces y ruidos externos para que podamos escuchar su voz, que habla siempre quedo, en la intimidad, a la mente y al corazón. Sólo Él puede curar nuestra ceguera, abrirnos el entendimiento y sanarnos de la dureza del corazón.

“Necesitamos escuchar a Dios, porque lo que importa no es lo que nosotros le decimos, sino lo que El nos dice y nos transmite”. (Santa Teresa de Calcuta. Camino de sencillez).

Francisco Javier Lage Ferrón

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