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Baleares plantea vetar la compra de vivienda a extranjeros ante la escalada de precios
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Son Espanyolet, un barrio de casas bajas en pleno centro de Palma, está en venta desde hace una década. “Los compradores extranjeros empezaron por Santa Catalina y lo coparon. Cuando ya no les pareció interesante porque no querían padecer el ruido y las consecuencias de la vida nocturna, se vinieron aquí, donde está todo lleno de plantas bajas con patios”, cuenta Mari Carmen Gutiérrez, que lleva décadas viviendo en el barrio. Un paseo por la zona descubre en unos minutos un oasis de tranquilidad en medio de una ciudad de 415.000 habitantes. Apenas pasan coches. Hay fachadas recién pintadas, arquitectura moderna que convive con las pequeñas casas bajas tradicionales que mantienen todavía su idiosincrasia. La zona engaña, porque a simple vista no se intuye que la mayoría de viviendas cuentan con apetitosos patios y jardines traseros que multiplican la superficie de los inmuebles. Un caramelo para quienes quieren vivir en el centro y pueden poner cantidades irreverentes sobre la mesa.

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Interior de una de las casas de Son Espanyolet derribada para la construcción de una nueva obra. De izquierda a derecha, Antònia Vidal, Mari Carmen Gutiérrez y Juan Antonio Pérez, de la plataforma vecinos de Son Espanyolet, en Palma de Mallorca.Interior de una de las casas de Son Espanyolet derribada para la construcción de una nueva obra.

“Las inmobiliarias tocan puerta a puerta para hacer ofertas”

Los vecinos que durante años se han negado a vender en el barrio de Son Espanyolet están hartos de las inmobiliarias. “Tocan puerta a puerta, todo lo que está en venta se vende. Diariamente en los buzones hay propaganda, de inmobiliarias que tienen clientes suizos, suecos, alemanes que quieren una casa en la zona”, señala Mari Carmen Gutiérrez, una de las vecinas. Sin embargo, algunos que se negaban a salir del barrio han terminado claudicando cuando la oferta se convertía en escandalosa. “Si uno compró por 300.000 y vende por un millón, tiene la vida solucionada”, sostiene Antonio Pérez, miembro de la plataforma de vecinos, que cree que quienes al final se desprenden de la propiedad se decantan por ir a barrios del extrarradio a viviendas con mucho más terreno. 
El paseo por las calles se convierte en una visita guiada en la que hay un solar en obras en cada esquina, con un promotor y un arquitecto extranjeros al frente, según se puede comprobar en los permisos del Ayuntamiento que cuelgan de las vallas. Hay fincas que han salido a la venta directamente en el mercado extranjero y que ni siquiera han sido ofertadas al cliente local. Proliferan las casas cerradas recién compradas, las obras en azoteas y los buzones con apellidos nuevos de origen alemán o sueco.
“Al final ya no das ni los buenos días cuando te cruzas con alguien. La integración es cero”, dice Antònia Vidal, que lleva toda la vida en el barrio. El tejido vecinal se ha resquebrajado y se han perdido pequeñas tradiciones como la de salir con las sillas en las noches de verano a tomar el fresco frente a la puerta de casa. Los vecinos creen que corren el riesgo de convertirse en un barrio fantasma porque muchos de los propietarios han adquirido su vivienda y solo residen en ella un par de meses al año y el resto del tiempo las casas permanecen vacías. 
Los vecinos creen que es “imposible” revertir el proceso porque quienes heredan una finca terminan por venderla y porque son pocos los que pueden pagar precios que no bajan del medio millón de euros. “No hay soluciones”, lamenta Vidal. 

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