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La Era Axial
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La historia ni es progresiva ni tiene que ver con el mero transcurrir de los días. Está relacionada con el sentido del tiempo; de ahí que, según han explicado diversos filósofos, tuviera que darse la revelación en el Sinaí para que el inacabable retorno de los griegos saltara por los aires y comenzara a abrirse de un modo esperanzador el futuro.

Aunque estas consideraciones parezcan extremadamente abstractas, lo cierto es que no podemos comprender nuestra situación en el mundo sin saber de dónde venimos y hacia qué lugar nos dirigimos. Tengo la impresión de que la concepción escolar de la historia que se suele transmitir ha devastado la conciencia de tiempo y ha contribuido de algún modo a la desorientación contemporánea.

Saber historia sirve para algo más que para ganar una partida de Trivial o llevarse el bote en un concurso de televisión. Lo importante, de hecho, no es ser capaz de indicar cuándo ocurrió la Revolución Francesa; más decisivo es darse cuenta de la trascendencia actual y la repercusión del pasado en nuestro presente. Solo así cabe construir el futuro y guiarnos en ese horizonte infinito y lleno de posibilidades que se expande ante nosotros.

De la Era Axial arrancan los grandes mensajes religiosos, las corrientes éticas más influyentes, las escuelas filosóficas de indudable fecundidad, así como el espíritu que, más tarde, ha hecho que el mundo anduviera por el carril de la ciencia

Karl Jaspers habló de la Era Axial y sospecho que también la relevancia de esta última ha desaparecido. Se refería a ese largo momento en que coincidieron de algún modo personajes como Buda, Zoroastro, Platón y el confucianismo. Según el filósofo alemán, esa época de explosión espiritual, que va aproximadamente del siglo IX a. C. hasta el III, decide el curso de la cultura humana.

No se podrá negar que esa visión es poco etnocéntrica; tampoco propone ningún exclusivismo occidentalista, pero seguramente poco valdrá eso para concitar el acuerdo de quienes han cogido la goma de borrar y llevan la batuta de la cancelación. Quizá alguno o alguna indique que hay pocas referencias femeninas para criticar al bueno de Jaspers.

Lo que sí merecerá reproche es la pretensión universalista que subyace en esta comprensión del tiempo histórico. La posmodernidad nos lleva por los derroteros de los particularismos, y con la destrucción de los grandes relatos también ha caído esa idea tan sensata de que hay cosas que compartimos, que rebasan las diferencias de color, religión, cultura o género.

Más que la pérdida de la verdad, la belleza o la objetividad de los valores éticos, es lo común lo que nos quieren robar. Jaspers no se propuso recuperar esa noción que nos hermana porque en su tiempo no se había diluido, pero su teoría del tiempo eje ayuda a dar nueva forma a que hay presupuestos que ninguna cultura ni ningún gran relato puede soslayar.

Necesitamos reivindicar la universalidad de la razón porque de otro modo no podremos salir de este atolladero de polarización y callejones sin luz en que nos hallamos. El universalismo no es dogmático ni es impositivo; afirmar que poseemos aspiraciones comunes o que hay una gramática cultural debajo de las singularidades no lleva a la guerra, sino que facilita la construcción de puentes.

Como después Toynbee, Jaspers tuvo claro que la explosión de la cultura no tiene que ver tanto con la infraestructura económica o el poder político como con el genio individual

En este sentido, cabe pensar en las formas culturales como en las lenguas: puede que no entendamos el chino o se nos escape el sánscrito, pero el hecho de que existe una estructura lingüística hace posible las traducciones.

Para Jaspers, la Era Axial constituye el comienzo de la racionalidad, la fecha en que el pensamiento y la reflexión se encarnan, lo que aviva la discusión y la conciencia crítica. De ahí arrancan los grandes mensajes religiosos, las corrientes éticas más influyentes, las escuelas filosóficas de indudable fecundidad, así como el espíritu que, más tarde, ha hecho que el mundo anduviera por el carril de la ciencia. Eso no quiere decir que no hayan existido desviaciones, pero si hay retrocesos y descaminos es porque tenemos presente el hito que supuso.

Por decirlo con Jaspers, es en ese momento estelar de la humanidad tan prolijo y extenso cuando el ser humano llegó a la mayoría de edad. Pero ¿qué factores concurrieron para que el milagro tuviera lugar? Como después Toynbee, Jaspers tuvo claro que la explosión de la cultura no tiene que ver tanto con la infraestructura económica o el poder político como con la iniciativa individual, el genio, el compromiso de esos gigantes de la historia a cuyos hombros deberíamos alzarnos.

Muchos piensan que, desde entonces, la historia no ha hecho más que declinar. Spengler hablaba del otoño de la civilización. Toynbee concede más a la libertad humana, aunque sin negar que las civilizaciones nacen y se desarrollan hasta que comienzan a languidecer. El famoso filósofo de la historia, a quien en este período deberíamos recurrir con más frecuencia, explicaba que son las minorías creativas las que insuflan nueva vida y aire al tiempo y las que marcan el paso de la humanidad.

La barbarie llega cuando los recursos culturales no son suficientes ni resultan adecuados para superar las crisis que se presentan. Entonces, lo viejo colapsa y cae un mundo, abriéndose paso otro a golpe de espíritu y genialidad. Mucho queda, como es lógico, y se heredan valores, normas e instituciones, pero adquieren un significado novedoso o recuperan su brillo. Así se va desenvolviendo la humanidad, en medio de luchas y siempre en un proceso de búsqueda constante. Esta verdad quizá sea el legado más universal que nos ha dejado aquella Era de la que hablaba Jaspers.  

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