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Sociedad patológica, cultura terapéutica
elconfidencialdigital.com

Que vivimos en sociedades llenas de patologías es algo que han dicho pensadores y filósofos y no es de extrañar que, partiendo de este hecho, la historia de la cultura se halle repleta de terapias. Foucault recordó que la reflexión era necesaria para cuidarse de uno mismo y siguió la senda abierta por Sócrates al recomendar una especie de examen de conciencia para transformarnos en alguien mejor.

Hay un famoso poema de Rilke que deberíamos rememorar, sin ser exagerados, cada mañana. Además de haber sido trascendental para intelectuales como Scholem o Benjamin, en tiempos más recientes se ha aprovechado de él PeterSloterdijk para abordar la cuestión de la antropotécnica y comentar esa obsesión humana por intervenir y modificarnos a nosotros mismos.

Rilke canta a un torso de Apolo visto en el Louvre, descabezado y marmóreo. Y termina con una frase lapidaria –“Has de cambiar de vida”-, como si ese cuerpo decapitado por los siglos -quién sabe si también por la desidia o la violencia humana- estuviera esperando que cinceláramos nosotros lo que debiera ser. Un torso que nos llama a la esperanza.

Es indudable que las exhortaciones que nos llevan a modificar nuestra existencia se pueden entender en dos sentidos. Desde un punto de vista espiritual, somos migrantes y caminamos por la vida enderezando nuestros pasos esperanzadoramente hacia el bien. Pero, técnicamente, cambiar de vida puede llevarnos inexorablemente a una modificación de nuestra naturaleza, en línea con el endiosamiento transhumanista.

Por otro lado, la sociedad terapéutica que hemos conformado nos lanza en manos no solo de psicólogos, sino de influencers y pseudocientíficos, y nos convierte en carne de cañón para una publicidad versada exclusivamente en la venta de fármacos milagrosos. Si a ello añadimos que hay pocos “grandes” a los que emular, caemos rendidos ante el merchandising del bienestar.

La sociedad terapéutica que hemos conformado nos lanza en manos no solo de psicólogos, sino de influencers y pseudocientíficos, y nos convierte en carne de cañón para una publicidad versada exclusivamente en la venta de fármacos milagrosos

A pensar sobre las consecuencias que nuestra obsesión terapéutica tiene sobre los más pequeños se ha dedicado en tiempos recientes Abigail Shrier, la conocida autora de Un daño irreversible, libro en el que criticaba la moda trans y la repercusión de la misma sobre niños y adolescentes. Su último libro, Bad Therapy, parte de un hecho bastante alarmante: las nuevas generaciones están siendo los conejillos de indias de mucha antropotécnica y, de hecho, casi el 40% de los muchachos frecuenta gabinetes de salud mental, frente al 26% de la cohorte anterior.

Las nuevas generaciones están siendo los conejillos de indias de mucha antropotécnica y, de hecho, casi el 40% de los muchachos frecuenta gabinetes de salud mental, frente al 26% de la cohorte anterior

Cabría objetar que eso no tiene por qué ser malo; es más ¿no deberíamos alegrarnos de la mejora en la atención psicológica Los números son mudos y no dicen nada. ¿Por qué debemos sacar la conclusión, ante las diferencias entre grupos de edad, de que hoy abusamos de las terapias? Podría ser que antes no dispusiéramos de suficientes psicólogos o que determinadas patologías fueran un baldón, algo así como la letra escarlata que estigmatizaba a las adúlteras en las sociedades puritanas.

A juicio de Shrier, no es verdad. Y no lo es porque, por contradictorio que parezca, esa atención desmedida por el bienestar no ha hecho más felices a nuestros hijos -y tampoco a nosotros, consecuentemente-. No hay más que abrir el último ensayo de Jonathan Haid, La generación ansiosa, que ha llegado a nuestro país de la mano de la editorial Deusto. Con independencia de la causa, es decir, sean los móviles los determinantes de los trastornos que padecemos, como sugiere Haidt, u otros factores más profundos, “estamos criando a la generación más solitaria, ansiosa, deprimida, pesimista e indefensa de la historia”, indica Shrier.

La industria del bienestar es tan potente que cuenta ya con cursos especializados en felicidad, así como másteres para habilitar a futuros profesionales encargados de capear las depresiones de los trabajadores. Los libros de autoayuda se acumulan en las librerías y podcast, videos y blogs hablan de dietas, hipersensibilidad o astenias de diferente tipo. Hay terapéuticas para todo tipo de dolencias: para el niño que no se concentra, para el agresivo, para el que carece de autoestima, para el gruñón…No se preocupe: seguro que ya hay un especialista que ha puesto nombre a eso que le pasa a usted; felicítese: es probable que ya esté diseñado el tratamiento.

Shrier cree que el problema se encuentra en que hemos puesto antes la venda que la herida. Y nunca mejor dicho porque damos por supuesto que venimos al mundo por el lado equivocado de la cama. Con el pie izquierdo, vamos. Una sociedad enfrascada en la moda de las patologías tienda a interpretar todo como síntoma. Los efectos para el alma son análogos a los que tendrían lugar si nos enfrentáramos a una dolencia corporal.¿Qué pasaría si decidiéramos amputar una pierna o un brazo presumiblemente gangrenados, pero sanos?

El futuro no pinta bien, entre otras razones porque la asimetría inherente a la relación entre médico y paciente. También a ello se refiere Shrier, que ahonda en el perjuicio irreparable que una relación terapéutica mal enfocada puede ocasionar en la identidad y desarrollo de los adolescentes. En todo caso, sería difícil aislar las causas que han condicionado la aparición de esta sensibilidad terapéutica, del mismo modo que es grosero generalizar, como aquí hacemos. O trivializar, pues hay dolencias graves que no sanan con sonrisas vitaminas.

Sea como fuere, habría que apostar por normalizar determinadas patologías, diferenciar el grano de la paja y, sobre todo, tomarnos la vida no tanto como una enfermedad o un problema, sino una oportunidad. Inmerecida, por supuesto.

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