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Temor en la universidad: cómo las tensiones geopolíticas aumentan el recelo hacia espías no deseados
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La invasión rusa terminaba de comenzar en Ucrania. Las bombas caían sobre el futuro de los vivos y el ocaso de los muertos. Eric Swalwell, senador demócrata por California y miembro del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, proponía allí por marzo pasado “echar” a todos y cada uno de los estudiantes rusos de las universidades. Ganó la Academia frente a la caverna. Incluso en los peores instantes de la Guerra Fría, Estados Unidos llegó a recibir hasta cincuenta estudiantes e intelectuales de la Unión Soviética. A través del aire cruza una preciosa frase que Juan Luis López Aranguren, maestro de Relaciones Internacionales de la Universidad de Zaragoza, rescata de la memoria: “No hay símbolo más claro de la debilidad de un imperio que su abdicación como exportador de sus propios ideales y valores”. Mas, en este tiempo, cada vez va a ser más difícil para los estudiantes que proceden de países “hostiles” (China, Irán, Rusia y sus aliados) estudiar en Estados Unidos o R. Unido, sobre todo formaciones que pudieran desviarse al uso militar o biotecnológico. “El bloqueo” —avanza el docente— “se podría producir por múltiples vías: las propias sanciones contra esos territorios y la limitación de los visados de estudios; la asignación de becas y las restricciones que pueden fijar, por sí solos, los campus universitarios”.

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Mayor vigilancia en los pupitres

Los alumnos rusos no serán expulsados de las universidades. La Asociación de Universidades Europeas (EUA, por sus siglas inglesas), que reúne a ochocientos centros y cuarenta y ocho conferencias de rectores de países del Viejo Mundo, distinguió, desde el comienzo de la guerra, entre los estudiantes y el comportamiento de Vladímir Putin y su Gobierno. “Los alumnos rusos podrán proseguir sus estancias de estudio e investigación […]. Este es también el compromiso de la Unión Europea con respecto a los programas Erasmus+ y Marie Curie. La razón es mantener abiertos los intercambios entre personas”, explica, por correo electrónico, Michael Gaebel, director de Política de Educación Superior de la EUA. Claro que el horror trae consecuencias. En muchos países europeos han disminuido los becarios y estudiantes de nacionalidad rusa debido, entre otras muchas razones, a la suspensión de programas oficiales de intercambio y resulta factible que algunas naciones apliquen limitaciones en los visados. “Puede haber limitaciones en áreas de investigación y estudio sensibles desde el punto de vista de la seguridad, militares o de doble uso”, prevé el responsable universitario. Puede que la nueva Guerra Fría congele los pupitres.

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