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Y se le atragantó el bombón
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Cuando Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa empezaron su relación galante, repicaron palmas y tacones. Se festejaba, entre el asombro y el regocijo, el encuentro de dos opuestos. Absolutamente nadie se hubiese propuesto juntarlos, mas la imprevisible unión atracó como un velero de Perales. El cuché y los fru-frus, parte de aquella “cultura del espectáculo” que el Nobel despreció en un rabioso ensayo, formarían una parte de su nueva vida, más peinada que jamás. Fue mayor el escándalo en los cenáculos literarios que en los salones mundanos. Mas hasta el santurrón más reluctante al glamur sucumbió a los encantos de la reina de corazones que, a sus setenta y uno años, prosigue cotizando al alza en el mercado de la publicidad.

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El "carajal" de las obras de Ponzano: "Los hosteleros también las sufrimos"

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Elogio del espacio diáfano

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